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Lecciones sobre el amor…

Lecciones sobre el amor

Por Laurel Robinson
Traducido y adaptado por Guiselle Jiménez

“Matrimonio… ¿quién lo necesita?”
Eso es lo que muchos de los solteros de la “generación X” dicen… Por supuesto, eso es lo que decimos diariamente sobre el amor; padres, chicos, amigos –, básicamente toda situación o concepto que nos causa momentos de dolor. Las cosas que están más cerca de nuestro corazón son las que nos pueden lastimar más, y nos encontramos deseando que existiera la posibilidad de prescindir de ellas. Sin embargo, el hecho de que nos pasemos tanto tiempo y gastemos tanta energía pensando acerca del matrimonio, es realmente una indicación de que LO NECESITAMOS. – o por lo menos, necesitamos algo que lo plasme o exprese a la perfección.
Es mi primera noche con Nick – un chico de 25 años de edad quien hasta ahora parece increíble y adorable. En medio de la iluminación tenue de este restaurante de cuatro estrellas, estoy disfrutando escuchándolo hablar de sí mismo. Claramente, él lo está disfrutando también.

Me olvido de los cuidados de mi recién adquirido estilo de vida: “joven profesional urbano” cuando escucho las historias de Nick sobre su mundo. Por un momento recuerdo el juego de “casita” que solía jugar cuando era niña. Quizás Nick y yo estamos jugando “romance”, – pero no creo que esto haga daño: Es sólo por diversión; sólo aquí, sólo por ahora.

La realidad golpea: Nick está diciendo: “Hay algo que no sabes sobre mí: estuve casado”.

“¡Enserio!”-respondo, tratando de no mostrar ninguna emoción en particular, sin estar segura de que esta revelación me afecta de alguna manera.

-Sí…estuve casado durante cuatro meses.”

Conservo mi postura de escucha atenta, al tiempo que me explica cómo él y aquella joven mujer deseaban casarse. Los dos querían hacer bien lo que sus padres habían hecho mal, querían dar y recibir amor, querían ser aquellos que se casan para ser felices para siempre. No obstante, las Pequeñas cosas malas (la forma en que ella apretaba el tubo de pasta de dientes, o la forma en que él doblaba los calcetines), fueron situaciones que se acumularon y se convirtieron prontamente en cosas muy grandes. Los Grandes y Genuinos Problemas también salieron a la luz, como su incapacidad para entender y apoyar la pasión de Nick por la vida. Así, después de cuatro meses, decidieron separarse mientras no tenían hijos y aún sin haber fusionado todos sus activos.

O por lo menos creo que eso es lo que él acaba de decir. Mientras muevo mi cabeza a manera de expresión de que sigo su conversación, trato de escuchar…y pienso en mi padre. Me pregunto: ¿cuando tiene una nueva cita con una mujer…su descripción del breve matrimonio que tuvo con mi madre suena de esta manera? “Ella y yo éramos incompatibles…ella no podía entender mis pasiones…era mejor ponerle fin más temprano que tarde.” En la mente de una niña que experimentó el divorcio de sus padres, las preguntas persisten: ¿Por qué no pudiste hacer que funcionara? ¿De quién fue la culpa? ¿Por qué hicieron las cosas tan apresuradamente?

Las reflexiones de Nick me hacen pensar acerca de mi propio compromiso hace más de cuatro años. Hubiera querido estar enamorada. Yo quería ser amada. Quería lo que sabía que podía hacer bien, y quería hacerlo mejor que mis padres. Quería una garantía de que esto iba a funcionar, e hice todo lo posible para fomentar la fidelidad y la interdependencia. Durante cuatro años, estuvimos “enamorados”. Estábamos actuando tan seriamente, como lo pueden hacer dos estudiantes de secundaria, y éramos fieles. Pero el “amor” por sí mismo nunca es suficiente. Pequeñas cosas que debieron haber permanecido pequeñas, comenzaron a molestarme. Me convertí en un fastidio a la edad de 17 años, y no me gustaba en lo que me estaba convirtiendo.

Rompí mi compromiso incluso antes de haber definido una fecha, – pero al igual que Nick, arrojé mi mente y corazón dentro de ese profundo deseo de “amar correctamente”. Me pregunto: ¿por qué tanto Nick como yo nos habíamos acercado a contraer matrimonio – especialmente con tan poco o ningún ejemplo positivo de lo que significa “matrimonio” en nuestras vidas? No debe de existir ninguna razón por la cual hubiéramos querido experimentar y tratar con cosas de amor – a menos que hayamos sido diseñados para las relaciones.

Y así es. No importa lo que nuestros ojos han visto, parece que en nuestro corazón sabemos que hay algo intrínsecamente bueno en el amor, la entrega, la obediencia, la responsabilidad y la interdependencia que implica una relación comprometida – y que el matrimonio representa el compromiso de toda la vida como la mejor y más sublime forma de relación humana.

Nosotros los seres humanos hemos sido creados para la intimidad; fuimos hechos para ser verdaderamente conocidos y apreciados. En última instancia, para nosotros la forma más alta y plena de unión es con nuestro Creador.

También podemos aprender mucho acerca de la naturaleza de nuestro corazón mediante la observación de las complejas danzas que realizamos en nuestro intento de aproximarnos a las riquezas que se encuentran en esa santa relación, ordenada por Dios llamada matrimonio.

Evidencia número uno: Los científicos sociales lo llaman “cohabitación”; fundamentalistas lo llaman “vivir en pecado”; la Generación X lo llama seguro y sensato. Pero lo que revela es que simplemente no queremos estar solos. Por supuesto, tampoco queremos quemarnos, – no queremos el dolor que hemos visto en el sufrimiento de nuestros padres y amigos. Por lo tanto, intentamos un acercamiento romántico pero también pragmático: Vivamos juntos, disfrutémonos mutuamente, pero evitemos apegarnos demasiado – o al menos pospongamos convertirnos legalmente inseparables. Lindo pensamiento…
En la década de 1950, nueve de cada 10 nuevas novias nunca habían “convivido” con su pareja antes de sus bodas. A principios de 1990, dos de cada tres mujeres jóvenes pasó algún tiempo viviendo con su pareja antes de casarse. ¿Qué puede indicar esto? Creo que esto demuestra que tenemos miedo. A la luz de las altas e inquietantes probabilidades de que nos “quememos”, entonces ¿por qué guardarnos para esa persona especial? Después de todo, se nos ha dicho que 50% de los matrimonios terminan en divorcio, y hemos visto a nuestros familiares y amigos pasar por el dolor que causa la separación. Así que nos conformamos con una relación que es casi lo que queremos. Nos aproximamos a esa relación amorosa que, al parecer, sólo existe en los sueños de nuestra niñez. Pero la pregunta sigue siendo: A medida que sacrificamos el deseo de nuestro corazón, ¿vale la pena la recompensa que recibimos?

No sólo nuestros corazones anhelan intimidad, sino que también demandan compromiso
Debido a la confianza que estamos dispuestos a depositar, queremos cierta seguridad. Estudios demuestran que las parejas que cohabitan y luego se casan tienen 33% más de probabilidad de divorciarse que las parejas que no viven juntos antes de casarse. Esa cifra ni siquiera toma en cuenta todas las parejas que viven juntos por un tiempo y luego se separan sin haberse casado.

No hace falta ser un psicólogo para entender la lógica detrás de esto. Cuando inviertes en algo que sabes que podría terminar en cualquier momento, ¿qué seguridad puedes sentir? ¿Cuánto de ti mismo puede revelar realmente? ¿Cuánto estarías dispuesto a sacrificar, sin garantías de la gratitud o la seguridad? ¡Simplemente, “vivir juntos” palidece en comparación con el vivir juntos en un hogar establecido a partir de los votos comunes ante Dios y ante una congregación de familiares y amigos!

Ansiamos la seguridad incomparable de ser plenamente conocidos y aceptados. En este sentido, Dios, quien nos conoce por completo y nos ama entrañablemente, ha ordenado el matrimonio, que personifica la intimidad más segura y más verdadera que cualquier otro acuerdo sobre la tierra.

Evidencia número dos: la promiscuidad emocional. No puedo tomar ningún crédito por este concepto tan brillante y penetrante. Lo encontré en un artículo que leí hace más de dos años, y no creo que lo vaya a olvidar jamás. Algunas veces, a pesar de que nos oponemos moralmente a las relaciones sexuales prematrimoniales, tendemos a perseguir relaciones, teniendo así citas amorosas consecutivas. Hacemos todo lo posible para alcanzar algún tipo de exclusividad con alguien del sexo opuesto, alardeamos frente a nuestros amigos, y flotamos en una elevación emocional hasta que, surgen discrepancias debido a alguna diferencia que probablemente nos hubiera parecido insignificante, si no hubiéramos tenido tanta prisa por sentirnos bien.

De nuevo, esta danza revela nuestro deseo de cercanía. Pero no satisface por completo las demandas de nuestro corazón: no dura, y nuestro corazón no está hecho para la monogamia en serie. Las parejas que, después de muchos años aún están casadas y felices, podrán decir que su amor y compromiso mutuo se profundizó durante los momentos más difíciles. Además, si en la relación, hubieran buscado únicamente su propio beneficio, se habrían separado hace tiempo. El hecho es (como a un amigo le gusta decir), “¡Puedo ‘enamorarme’ de quien sea en un restaurante de cuatro estrellas!”

Lo anterior me lleva de vuelta a Nick. Todavía estamos hablando; todavía es fascinante, hemos ordenado un postre cuatro estrellas. Él me está tratando como a una dama; hay música clásica sonando en el nivel de abajo en este elegante edificio…

“Jugar a ser románticos” – ¿es lo que he dicho que estamos haciendo? “Sólo por placer, simplemente porque estamos aquí, sólo por ahora” – ¿Dije eso para mí misma? ¿Debería creer en esto? Tomando en cuenta que quiero guardar mi cuerpo, mente y corazón para mi futuro esposo, me doy cuenta de la necesidad de actuar con cautela. ¿Cómo puedo saber cuáles son, verdaderamente, las intenciones de Nick? ¿Cómo sé que él no está buscando “enamorarse” de nuevo?

Por mucho que he desacreditado el valor de cualquier sustituto de lo que es Real y Verdadero, mi propia tendencia por buscar intimidad emocional en el aquí y ahora sigue siendo fuerte. Mientras yo sea humana, con un corazón hecho para el perfecto amor de Dios, siempre será así. Yo no lo aceptaría de ninguna otra manera.

Asimismo, no renunciará a nada que esté destinado a compartirse con mi futuro esposo (quien quiera que resulte ser). Cuando recuerdo esta resolución, me importa menos cuáles podrían ser las intenciones reales de Nick; sé de quién soy. Sé dónde se encuentra la verdadera realización, y sé cuál es el contexto adecuado para la intimidad humana: Un pacto con una persona que ha demostrado con el tiempo, tener el carácter de Dios. No me voy a conformar con menos. Mi corazón no me dejaría.

Copyright © 1998 Laurel Robinson. Todos los derechos reservados. Derechos internacionales asegurados. Este artículo fue publicado en Boundless.org el 12 de noviembre de 1998.



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