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Mi bendición especial

Mi bendición especial 

por Pat Saxton

Después de dar un beso de buenas noches a “mi hija”, observo sus ojos serios, de color marrón dorado, tan vulnerables y confiados. Arreglo su largo y rubio cabello. Mis dedos repasan la figura de su pequeña boca, siempre lista para sonreír. Me estremezco al pensar lo cerca que estuve de quitarle “la vida”.

Justo hoy se enteró de que su obra de arte será parte de la exposición anual de la alcaldía. Se siente muy entusiasmada; sin embargo, trata de no mostrarlo. A la edad de ocho años, es importante para ella mantenerse en perfecto control. Me pregunto cómo se sentiría si se enterara de cuan “fuera de control” yo había estado.

“Mi historia” es probablemente típica para muchas jóvenes. Tenía diecinueve años, era estudiante de universidad, y me sentía muy capaz de manejar mi vida por mi propia cuenta. Nunca olvidaré aquel “Día de los Enamorados” cuando me di cuenta de que el resfrío que había sufrido por casi un mes se había convertido en vómitos de embarazo.

Me asaltaron emociones confusas. Primero, fue como un golpe. ¡No me puede ocurrir esto a mi! Jim y yo sabíamos que nuestra relación había llegado a un plano demasiado físico. Pero durante los últimos dos meses habíamos salido acompaña­dos, y habíamos tratado de hacer cosas con otras parejas para mantenernos alejados de la tentación. Incluso nos felicitamos a nosotros mismos por lo “bien” que nos habíamos portado.

¡Y ahora me encontraba en mi tercer mes de embarazo! ¡Qué irónico! En segundo lugar, sentí admiración y asombro al sólo pensar que un bebé podría desarrollarse en mi cuerpo. ¡Mi bebé! ¡Nuestro bebé! Siguieron muchas conversaciones angustiosas sobre lo que deberíamos hacer. En lo que concernía a Jim, solo había una solución sen­sata: el aborto.

El matrimonio estaba fuera de consideración en este momento de nuestras vidas. Ambos éramos estudiantes de una universidad cristiana que nos daba beca. Si llegáramos a casar­nos, entre todos los demás problemas que tendría­mos que enfrentar, estaría el de perder nuestras becas. Debíamos terminar el año escolar, y yo no podía recorrer el recinto conservador de la univer­sidad, soltera y embarazada.

Sin embargo, la simple palabra “aborto” so­naba tan repugnante. Eso lo hacían otras, no yo. Yo era una “buena” muchacha. Este niño que llevaba en mi vientre, aunque llegaba en un momento inoportuno, era el fruto de nuestro amor. Al tratar de dormir aquellas noches, muchas emociones conflictivas dieron vuelta en mi cabeza. Lloré hasta creer que mi corazón iba a estallar.

Finalmente sintiéndome muy acongojada, me puse de rodillas al lado de mi cama. Con mi cara y brazos recostados sobre ésta, clamé a Dios. Traté de explicarle por qué estaba planeando un aborto, aun cuando sentía un gran amor por este bebé que abrigaba en mis entrañas.

A la mañana siguiente, sentí que mi suerte ya estaba sellada. Con mucho temor, me forcé a llevar a cabo lo que estaba planeado. Cuando llegué a la clínica, acompañada por Jim, mis movimientos eran mecánicos, y me sentía aturdida, indiferente a todo lo que ocurría a mi alrededor. Firmé los formularios. Me pusieron una inyección para tran­quilizarme, y comencé a pasar las páginas de las revistas en la sala de espera, sin pensar siquiera en lo que estaba haciendo.

Las otras jóvenes en la sala parecían ser me­nores que yo, y me pregunté, al observar a cada una de ellas, cuáles serían sus historias. ¿Querrían te­ner a sus bebés? Cuando dejaran aquel lugar, ¿se deprimirían, se arrepentirían, o se sentirían culpa­bles? ¿Sentirían alivio al quitarse este terrible pro­blema de encima permitiéndoles continuar sus vidas como lo habían planeado? Yo sentía una mezcla de todas esas emocio­nes.

Esperaba que cuando pasara esto, las cosas marcharían bien. En lo profundo de mi ser, sabía que nunca más volvería a ser la misma persona. Cada vez que viera a un bebé, me preguntaría cómo hubiera sido el mío. Cada agosto, sabría que mi niño debería cumplir años en ese mes. De la misma manera, sabía que mi relación con Jim nunca sería la misma. En ese momento, ya sentía resentimiento contra él, porque yo deseaba que dijera: “Detengamos todo esto y casémonos ahora mismo”.

No lo hizo. Yo hacía esto pensando en los dos, pero el precio que estaba pagando por nuestra relación era demasiado alto. Podía predecir que después de dar fin a la vida de este pequeño, el amor que existía entre Jim y yo también llegaría a su fin.

Cuando la enfermera llamó mi nombre, me llevaron a la sala de operaciones. Allí tuve la más extraña sensación… como si estuviera en una co­rrea transportadora, dirigiéndome hacia un enorme serrucho… sin manera de detenerlo o escapar. La enfermera me anestesió el cuello del úte­ro. En ese momento, puse mis manos sobre mi abdomen, deseando hacer contacto con mi bebé por última vez. Quería que supiera lo apesadum­brada que me sentía.

Repentinamente, apareció un aparato que ha­cía un ruido similar a una aspiradora. Un aparato enorme y amenazante, venía a invadirme y arran­car a mi bebé de mis entrañas. Desde lo más profundo de mi ser surgieron la confusión, el dolor y el pesar que sentía, y me puse a llorar. Ríos de lágrimas brotaron de mis ojos, rodando por mis mejillas y entrando en mis oídos. Sin duda, estaba histérica. La enfermera apagó el aparato y dijo que llamaría al doctor.

Lo que recuerdo después, es que un hombre, de uniforme blanco estaba parado junto a mí. “Creo que va a retener a su bebé”, me dijo. Al ver mi mirada confundida, tomó mi mano. “No puedo llevar a cabo esta operación porque usted quiere tener este bebé demasiado”. Repetí, entre dientes, que Jim y yo habíamos acordado el aborto y que era la única solución que podíamos tomar.

El doctor dijo que iría a buscar a Jim para hablar con él. Jim no se acuerda las palabras exactas del doctor, pero la conversación, de hombre a hombre, cambió su modo de pensar. Dos meses más tarde, decidimos realizar la boda. Algún día, deseo expresarle mi agradeci­miento a aquel médico. No sé qué razones tenía para hacer esa clase de trabajo. Gracias a Dios se dio cuenta de que en esa mesa yacía una muchacha joven y temerosa, que quería retener a su bebé a toda costa. Ahora Jim y yo tenemos dos hijos más y un feliz hogar cristiano.

Muchas veces me pregunto cómo hubiera afectado nuestras vidas el aborto. Cuando observo a mi hermosa hija, tan inteligente, con tanto amor para su Señor, y ansiosa de aceptar nuevas dificultades, día tras día, no puedo imagi­nar mi vida sin ella.



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