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¿Quién dará amor a este niño?

 

¿Quién dará amor a este niño?

por David Ohayon

“Hazte un aborto“, le dije a mi mamá. “Nadie querrá a este niño, ni tendrá papá”.

Era una exigencia atrevida que salía de los labios de un joven de dieciséis años de edad, especialmente en vista de que me consideraba ser un cristiano.

En menos de un año, todo mi mundo se había derrumbado. Mis dedicados padres creyentes habían anunciado, inesperada y repentinamente, que iban a divorciarse después de haber tenido cinco hijos y diecisiete años de casados.

Tanto las posesiones de la familia, como los hijos, se descontrolaron en el transcurso de la rápida separación. Al verme obligado a entrar en un mundo de nuevas caras en la escuela de una nueva ciudad, comencé a tener dudas de este “Dios amoroso”, al cual mis padres me habían guiado años atrás. Después de todo, ¿dónde estaba El? Sentía que no hacía nada por mi familia.

El respeto que sentía por mis padres se convirtió en desprecio. Mi mamá, todavía adolorida, comenzó a buscar atención en todos los lugares equivocados. Y en lugar de atención y amor, lo que obtuvo fue un embrión que se desarrollaba dentro de ella, de un hombre que no era su marido. Lo que podría haber sido lamentable, pero de alguna manera comprensible en una adolescente, era deplorable en una mujer de cerca de cuarenta años de edad, especialmente por ser nuestra madre.

Mis hermanos y yo le rogamos que diera fin a su embarazo, porque traería muchas dificultades, pero mi mamá se negó totalmente a hacerlo. Afirmó que nunca “daría muerte” al bebé que llevaba en su vientre, y que “él o ella sería bendecido por Dios”. Me imagino que sus valores morales cristianos bien arraigados le dieron la fuerza que no recibía de ninguno de nosotros. Sólo nos preguntábamos por qué no había sacado esa fuerza de voluntad dos meses atrás.

Al pasar los meses, y al notarse más el embarazo de nuestra madre, nuestro rencor hacia nuestro hermano, que no había nacido aún, también iba en aumento. Físicamente era difícil para mi mamá, por su edad, estar embarazada. Además, como no podía trabajar, la única opción que teníamos era recibir asistencia social. Nos sentimos ofendidos al usar cupones para alimentos y boletos para almuerzos gratuitos porque habíamos crecido en una situación económica desahogada. Muchas veces nuestro orgullo era más fuerte que el hambre que sentíamos y la pasábamos sin alimentos.

Nunca mencioné a nadie que mi mamá estaba embarazada. Sentía mucha vergüenza. Recuerdo un día cuando fui al supermercado con ella; a esas alturas ya era notorio su embarazo. En uno de los corredores, reconocí a unos amigos de la escuela. Traté de hacer como si no los hubiera visto y rápidamente empujé nuestra carretilla hacia el cajero, mientras mi mamá, vestida con traje de maternidad, me seguía lentamente.

Cuando mis amigos me vieron, se acercaron para saludarme. No tenía otra opción que presen­tarles a mi mamá. Ellos sabían que no estaba casada. ¡Qué expresión de sorpresa pusieron! Lo único que pude hacer fue bajar la cabeza. Después de ese incidente, estoy seguro de que mi mamá se dio cuenta del porqué nunca invitábamos a nuestros amigos a la casa, o por qué tratábamos de encontrar actividades que nos mantenían alejados de la casa. Yo sé que nuestra actitud le lastimaba.

Al acercarse la fecha del nacimiento, no se hicieron fiestas de regalos… sus amigas no estaban alrededor contentas y animándola… no había ropas o muebles, rosados o azules… no había piyamas diminutos listos para ser usados… no había animalitos de felpa en la cuna de segunda mano. Sólo había una mujer, que pasaba horas cosiendo hasta muy tarde en la noche, uniendo sobras de telas para el bebé que llegaría pronto.

Un día, a principios de junio, al llegar a casa encontré una nota que decía que mi mamá había comenzado a tener los dolores de parto. La vecina, la había llevado al hospital para dar a luz.

Siendo el mayor de los hermanos, era mi responsabilidad preparar la cena para esa noche. Mientras comíamos macarrones con queso, nuestros pensamientos estaban con nuestra mamá, pero ninguno de nosotros se animó a llamar al hospital. De ninguna manera podíamos aceptar lo que había hecho. Lentamente llevábamos los tenedores del plato a la boca, y se sentía un profundo silencio, pero no había paz.

Después de cenar nos sentamos a ver la televisión  pasando de un canal a otro. No sé si fue una ironía o la mano de Dios, pero mi hermanita cambió el canal a un programa religioso. Hasta ese momento, los únicos programas religiosos que habíamos visto de vez en cuando eran las campañas evangelísticas de Billy Graham. Ella se quedó sentada de cuclillas al lado del aparato, lista para cambiar de canal, mientras que el resto de nosotros escuchábamos con atención el modo de hablar del predicador para luego imitarlo.

Sólo nos hubiera tomado unos segundos para lograr nuestro propósito. Sin embargo, nos quedamos escuchando con atención durante los últimos diez o doce minutos del programa. El sermón estaba basado en el libro de Juan, y una de sus ilustraciones fue el relato de Jesucristo y la mujer adúltera.

En silencio paralizador, miramos el programa hasta su fin. Una de mis hermanas se paró, y bruscamente apagó el televisor. Todos nos quedamos sentados con la vista fija en la pantalla oscura y vacía. Cada uno de nosotros nos dimos cuenta de que nuestra madre era la mujer acusada de adulterio  y que nosotros éramos los que teníamos las piedras en nuestras manos, listos para quitarle la vida.

Muy temprano, a la mañana siguiente, llevé a mis hermanos a la escuela en nuestra vieja camioneta.  Al pasar por las calles, sabía que no iría a la escuela esa mañana.

En su lugar, fui al hospital donde estaba mi mamá, llevando un ramo de flores que compré en el supermercado. Me pregunté qué podría decir. ¿Cómo podría pedirle perdón?

Mi mamá levantó la cabeza cuando entré en su habitación. Un pequeño bebé descansaba sobre su pecho. Me sonrió cuando le entregué las flores envueltas en celofán, con la etiqueta del precio aún pegada en la envoltura. Me agaché, y le di un suave beso en su mejilla.

De ailgún modo, ella percibía mis sentimientos. Me preguntó si quería ser la primera persona en tener en brazos a mi hermano, Aarón.

“¿Yo? No, no podría. ¿Un varoncito? No, quiero decir, sí… sí…” Con mucho orgullo tendría en mis brazos a mi hermano. Al levantarlo, sentí lo que habrá sentido Simeón, cuando por primera vez tomó al niño Jesús en sus brazos.

Actualmente, Aarón tiene casi diez años, ¡y hace poco recibió a Jesucristo como su Salva­dor! Al examinar el pasado, aquel día cuando me enteré de que mi mamá estaba embarazada, me doy cuenta de lo equivocado que estaba al decir: “Na­die querrá a este niño, ni tendrá papá”.

Porque sin lugar a dudas es un niño muy querido, y ahora Aarón sabe que tiene un Padre que le ama con un amor eterno.

David Ohayon es un escritor que vive en Ontario, Cali­fornia, E.U.A.



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  1. victor

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